Del No a Bolonia a la Huelga General

El movimiento estudiantil comenzó el año 2009 con dos retos sobre la mesa. El primero, consistente en parar el Plan Bolonia, surge de la voluntad de la amplia mayoría de las y los estudiantes, expresada a través de las asambleas, las movilizaciones y la actividad de los sindicatos. El segundo reto se impuso por los acontecimientos sociales, políticos y económicos que caracterizan nuestro presente. Si bien es cierto que la crisis económica está desnudando a los mitos del liberalismo y dejando al descubierto la explotación salvaje del sistema capitalista, la resistencia que genera el coste social de la crisis está lejos de poder demostrar hoy en día un desafío contundente a la lógica del capital.

Sin embargo, el movimiento estudiantil puede jugar un papel clave en esta coyuntura, animando a amplias capas y movimientos sociales a pasar a la acción. Es de sobra conocida la experiencia del 68, de la Transición española o de la lucha contra el CPE (Contrato del Primer Empleo) de las universidades francesas en 2006.

Ayer licenciado, hoy graduado, mañana precariedad. Paremos Bolonia

En el primer cuatrimestre las asambleas subvirtieron la vida ordinaria de las facultades catalanas. Los encierros y las ocupaciones se extendieron por todo el territorio. Las diferentes universidades, sin embargo, seguían ritmos e intensidades muy desiguales y, a menudo, la coordinación era deficiente o inexistente.

Las vacaciones de navidad y los exámenes han paralizado, como todos los años, la vida de las asambleas de facultad. Aún así el encierro del rectorado de la UB ha acogido a más de un centenar de activistas de diferentes universidades que han querido seguir construyendo el movimiento durante un período históricamente desmovilizador. Este hecho, sin muchos precedentes, nos puede dar una idea de la salud del movimiento estudiantil. El espacio del encierro ha permitido dotar al movimiento de herramientas que reforzarán y amplificarán la lucha en el segundo cuatrimestre. La red de barrios, la red de institutos y el contacto con los movimientos sociales son proyectos que han nacido con esta intención expresa y demuestran otra vez el avance cualitativo que ha hecho el movimiento estudiantil respecto a otros períodos de movilización.

La experiencia del primer cuatrimestre ha demostrado que las ocupaciones y los paros de clases son una de las herramientas más efectivas que tenemos en nuestras manos. La huelga general es así el horizonte hacia el que deberíamos avanzar si queremos hacer efectivas nuestras reivindicaciones, parar el Plan Bolonia y la mercantilización de la universidad pública. Este objetivo precisa un movimiento radical y masivo que sólo puede cumplir ambas condiciones si calibra tácticamente la estrategia general en el plano real y concreto de cada facultad. Hacer crecer las asambleas con la propaganda y radicalizarlas con el discurso y la crítica. Olvidar una de las tareas nos convertiría en una masa pasiva o en una minoría radicalizada, dos fórmulas que ya se han mostrado insuficientes en nuestra lucha contra Bolonia. Hace falta diseñar urgentemente una estrategia general para el conjunto del movimiento estudiantil si queremos plantear una Huelga indefinida para derogar la LOU. El encuentro de asambleas de los días 21 y 22 de febrero podría representar un punto de inflexión en este sentido.

A corto plazo, el primer reto que deberíamos plantearnos consiste en ganar el debate ideológico en las facultades, “la correlación de fuerzas” de la que hablaba el revolucionario italiano Gramsci. Una amplia mayoría de estudiantes de cada facultad tiene que decir “no al plan Bolonia”. La asamblea debe canalizar este posicionamiento, convirtiéndose en un centro de difusión informativa y formativa sobre el proceso de Bolonia al tiempo que debe vertebrar las formas de resistencia al Plan. La radicalización esperada vendrá a menudo no sólo de los grandes discursos ideológicos que se vuelquen en las asambleas, sino del propio desarrollo de los acontecimientos. El frustrado diálogo con las administraciones que mucha gente había considerado viable para resolver el conflicto o la represión policial llevada a cabo en varias universidades son ejemplos de cómo la propia realidad queda desnuda a los ojos de quienes la intentan transformar.

Involucrar a nuevos compañeros y compañeras en las asambleas será clave para hacer crecer cuantitativa y cualitativamente el movimiento estudiantil y sus órganos de resistencia —las comisiones proporcionan, en este sentido, un espacio idóneo para que la gente con menos confianza dé un paso adelante. Esta metodología es vital para que las asambleas no se conviertan en guetos ultrapolitizados sin influencia real en la facultad. Hay que incorporar a gente nueva para ser más fuertes, pero también para ser más democráticos, más representativos y para no perder de vista la conciencia política y las aspiraciones de la gran masa de estudiantes. Por otro lado, las comisiones también son esenciales para materializar las ideas volcadas en la asamblea.

Un tercer punto primordial consiste en reforzar la coordinación entre las diferentes facultades de cada ciudad en sus respectivas coordinadoras. Equilibrar los ritmos y reforzar las asambleas más modestas será necesario para construir la unidad real de las asambleas de facultad, la unidad del movimiento. El tópico de que la unión hace la fuerza no es baladí. Deberíamos ampliar, en este sentido, los marcos de coordinación y reforzar poco a poco los diferentes niveles, desde el local hasta el europeo. La huelga del día 12 es de hecho un resultado de la coordinación, aún embrionaria, al nivel estatal. El encuentro en Burgos de marzo y el encuentro en Lovaine en abril permitirán reforzar estos marcos.

Analizar con profundidad el primer cuatrimestre de este curso y conocer movilizaciones estudiantiles de otras épocas o de otros lugares nos ayudará a ser más fuertes, nos permitirá construir el movimiento desde una inteligencia colectiva que acumule la experiencia histórica.

Participar con otros movimientos sociales y crear nuestros propios medios de comunicación y difusión a través de la red de barrios y la red de institutos no sólo reforzará el movimiento estudiantil, sino que además contribuirá a ensanchar las grietas del sistema. Las y los estudiantes también trabajamos o trabajaremos, también alquilamos pisos, comemos, pagamos el precio del transporte… las y los estudiantes somos precarios. La lucha anticapitalista no nos es ajena y ahora tenemos la posibilidad de contribuir enormemente a invertir el curso histórico. Parar el plan Bolonia es la mejor aportación que podemos hacer para cambiar el mundo.

Estudiantes En Lucha

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